Recuerdos inmortales

 

                                                                                               La vida no es aquello que vivimos, sino

lo que somos capaces de recordar con total claridad.

 

Es un lugar de aquellos que dejan marca sin que uno se de cuenta, desconocido por muchos y anhelado por otros tantos.

La primera vez que estuve era muy pequeña, aunque dicen que los niños tan pequeños no suelen recordar las cosas con claridad, yo recuerdo esa etapa como si fuera ayer. El lugar del que tanto hablo es el Badia, seguro que todos habéis estado ahí alguna ve. El Badia es la parte liberada del Sahara Occidental.

Con tres años fue la primera vez que pisé mi tierra, la cual no tuve el honor de nacer en ella, creo que es un dolor que me acompañará toda mi vida.

No recuerdo muy bien el viaje hasta el Badia, pero si recuerdo todo lo que sucedió en aquel maravilloso lugar. Nos establecimos en Grarat Ben Amera (una zona del Badia). Eran unas veinte jaimas verdes en una fila india y alado de cada jaima había otra jaima que hacía de cocina llamada, Burkaiza.

Poseíamos ganado, que normalmente las personas mayores se encargaban de cuidar, mientras tanto  los niños ocupábamos nuestro tiempo con cualquier juego que nos inventábamos, por ejemplo, recolectar Aljarub es el fruto de Talha (el árbol típico de esa zona). Para recolectar ese fruto tenías hasta que arañarte los brazos, ya que los frutos se encontraban en la la copa de los árboles, de las ramas de este sobresalían unos palitos blanco que pinchaban. La gracia es que no sabíamos ni porque recolectaban los frutos, mayormente cada pareja o un grupo iba con un saco y al final de haber terminado “la recolección”, veíamos quien recogió más de todo, eso solo servía para picarnos.

 

1

(Una niña subida a Talha)

 

Otro entretenimiento más era cazar saltamontes, recuerdo que una vez mi abuela me impidió hacerlo porque tenía que dormir la siesta, yo como buena niña que soy, la dejé hasta dormirse, nos  salimos de la jaima sin hacer ruido mi prima y yo. No se que pasó, pero nuestro plan no salió bien, mi abuela se despertó y no nos vio, entonces fue a buscarnos y nos hechó la bronca del siglo, nos metió a la jaima y ahí fue cuando comenzamos a llorar. Al vernos llorar se compadeció y nos abrazo, nos dio El Hamaira (un mineral rojizo que se utiliza para remedios caseros) para ponérnosla al rededor de los ojos para que no se hinchasen de llorar. Y otras tantas travesuras incontable de niños.

    Si mal no recuerdo, la primera vez que probé té fue ahí, aunque no diría que fue buena experiencia, me explico, estaba mi tío, que en aquel tiempo era aun un adolescente, estaba haciendo té con otros jóvenes y como no, me acerqué queriendo tomar el famoso té con ellos.  Aquel té testigo de muchas historias y anécdotas, té que podría durar de sol a sol,  té con un significado muy profundo y sabio:

   Primero amargo como la vida,

   segundo dulce como el amor y

   tercero suave como la muerte.

Así somos los saharauis, poseemos ese afán de darle significado a todo.

    Bueno a lo que iba, resulta que mi tío no me dio té sino tachlila (ni siquiera es té, es el primer lavado de la planta de té para que se quite su amargura), encima de eso estaba caliente y me acabé quemando la lengua. Para mi suerte, fui corriendo a mi abuela y me puso un poco de azúcar en la lengua se suponía que me iba a currar, ahora que lo pienso, ellos tienen solución para todo. Admiro tanto su sencillez, ellos fueron, son y seguirán los únicos capaces de resolver todo con apenas nada.

    Con el atardecer anunciaba la llegada de la noche. Otra noche más a la puerta de una jaima reunidas todas las mujeres contando sus historias o una señora mayor contando historias de la guerra, mientras que los niños los escuchábamos alucinados sin podernos hacernos la idea de que podían haber sobrevivido a todo ese infierno y aun así singuen luchando.

Otras noches eras un poco más especiales, se reunía toda la gente en una jaima, dejando eso que no cabía nadie, haciendo el kandra (es como té pero con leche) y jugando Sig (un juego típico saharaui), siempre ganaba mi tía abuela y su equipo, era tan buena con sus estrategias que era imposible vencerla.

2

(Mujeres jugando a Sig)

Si mi memoria no falla, ahí fue donde conocí por primera vez a una de las personas más importantes de nuestra lucha, el mártir Mahfud Ali Baiba. Recuerdo que fue  quien me ayudó a subirme en camello por primera vez, su rostro angelical y su voz tan dulce fueron los que me dieron  la confianza para subirme a aquel gigantesco animal. Cada que lo recuerdo no puedo evitar no sonreír y su gran fe en la lucha pronunciando estas palabras: “los saharauis utilizamos la fuerza del derecho y Marruecos se amparan en el derecho a la fuerza”. Con el tiempo me di cuenta de la razón que tenía.

    Las cuatro puertas de la jaima siempre estaban abiertas a todas ahora. Con el paso del tiempo me fui dando cuenta que a pesar de que las cuatro puertas estén abiertas a los cuatro viento, nadie abandona la lucha. Todos estábamos seguros de que estamos en el lugar que deberíamos estar, ya sea para aprender, disfrutar o por el simple hecho de que pertenecemos a ese lugar.

    Recuerdo muchas cosas de este viaje gracias a fotos que tengo. Definitivamente solo la fotografía es capaz de hacer eterno lo efímero.

    Fui tres veces más al Bedia, a diferentes lugares pero ninguno me marcó tanto como aquel viaje. Pisar tu tierra, sientes que estas en tu terreno, que ese lugar te pertenece y tú le perteneces, una raro conexión, sinceramente es algo muy extraño pero increíble a la vez. Pienso que uno siempre vuelve a su hogar, ahí es donde se siente uno mismo.

 

Deja un comentario